martes, 12 de enero de 2010

Crónica de autobús

El camión, como fácilmente le decimos al autobús, está retrocediendo lentamente, un poco retrasado. Por fortuna la mayoría de los asientos están vacíos y comienzo a urdir una sigilosa movilidad nocturna para tolerar las horas que no pueda dormir. Apuesto que la chica que subió llorando con su novio o recién esposo va a viajar al extranjero, quizá para estudiar un posgrado; lo deduzco por las maletas que él carga, una grande para ella y otra un poco más pequeña para él, como siempre sucede. Me pregunto qué pasaría si las mujeres estuvieran condenadas a viajar sin la ayuda masculina, quizá sus aditamentos se verían reducidos al mínimo necesario. No importa, fue un pensamiento que interrumpió a un recuerdo, a mi propio recuerdo, yo mismo cargando un equipaje similar y mi esposa llorando ante la mirada de la madre que ve partir temporalmente a su hija mayor, la primera en salir de casa.
Ahora se refleja el monitor de mi computadora sobre la ventana del primer asiento que he invadido. La sirena de una patrulla se acerca y aleja tan rápido que no logro adivinar su dirección. La sensación del estómago que se prepara para una jornada de comidas irregulares me acecha y merodea un rato. Es una seudo sensación, cobarde, diría yo, no se atreve a molestar por completo, pero deja el temor del malestar por venir y obliga a hacer el cálculo mental del tiempo necesario para alcanzar las pastillas para el alivio y conseguir un poco de agua. Esa decisión, tomar o no una pastilla, anticiparse al dolor que hace sudar la frente, es una apuesta riesgosa. Me la juego por la seudo-sensación y sigo impávido en mi butaca, palabra que siempre he querido utilizar para el asiento de un autobús, al fin y al cabo, ahora todos los servicios de pasajeros cuentan con cine permanencia involuntaria.
Un trapecio deforme reluce de mis lentes con el brillo del monitor y su reflejo se coloca casualmente, sobre el vidrio que da al exterior, junto a un embrumado cuarto creciente. Dejo el teclado, releo el texto y el exterior se ha convertido en obscuridad absoluta. Hemos dejado la zona industrial; claro, hace rato vi pasar las iluminadas torres de la penitenciaría que son la despedida y bienvenida a mi ciudad por el acceso más concurrido. El interior de la autonave, palabra que también he querido utilizar porque la he visto escrita en cierta línea de autobuses, también está oscuro. Jeroglíficos o runas antiguos se dibujan mediante lucecitas en cada asiento, mientras el reloj se aproxima a la medianoche y la temperatura marca veinte grados centígrados. Me refiero a la temperatura exterior, por supuesto, ya que estamos en pleno otoño del altiplano, mientras que la sensación interior es más bien cálida, por arriba de los veinticinco grados centígrados. Tengo calor. La ventila superior está cerrada.
Me sorprende pensar en la facilidad con que la profesión de una persona, en este caso mi profesión, se inmiscuye en cualquier situación. Me sorprende darme cuenta cómo una consideración tan simple como la temperatura exterior me recuerda la ciencia de el fenómeno de El Niño que con tanto afán he estudiado y lleva mis pensamientos a consideraciones como la sequía, pronósticos climáticos y, en una noche tan solitaria como esta, en las predicciones futuras de un clima inhóspito, cruel y desolador. Mientras, yo sigo consumiendo esta sucia energía eléctrica que hace funcionar mi computadora en esta tarea de desfogar mi cerebro. Lo ambiental me delata mientras me distraigo nuevamente e intento leer el texto que Da Vinci hubiera escrito digitalmente si hubiera podido y que ahora mismo advierto en el reflejo de la multicitada ventana.
Vuelta y vuelta, sanitario, vuelta y vuelta otra vez en mi butaca. Llegamos sin contratiempos, más bien con favortiempos, si es que es posible este vocablo, una media hora antes. Aletargados - todos los pasajeros estamos por lo menos cuatro horas antes de la hora de despegar -, caminamos hacia los mostradores de la aerolínea. Faltan horas para abordar y pido un vainilla latte de Starbucks para acompañar la media baguette que anoche preparó mi esposa con ese delicioso pan estilo rústico que de vez en cuando encontramos, extrañamente preparado por una trasnacional gringa. No tengo hambre y el sueño va apareciendo, primero sigilosamente, apenas perceptible, ahora con mayor pesadez, esa pesadez que adhiere los pies al suelo, reduce la velocidad de los actos y pide reposo. Extraño los asientos de aeropuerto donde los descansabrazos se pueden levantar para convertirse en catres públicos. Los del Aeropuerto de la Ciudad de México no permiten ni posición cochinilla. Sé que el avión no será más cómodo. Los gringos detrás de mí se carcajean con un video casero tomado con su teléfono celular y apenas alcanzo a escuchar que lo van a subir a Youtube. Es un video casero de algún amigo enojado por una broma en casa y con eso pretenden seguir llenando de basura la red.
Pienso en Obama. Mi destino requiere de escala en Washington y me pregunto si mi avión sobrevolará por la cabeza del presiente negrito que tan bien me cae. Espero que las decisiones que esté tomando en ese momento sean las más adecuadas. Mi primo Rafael también ha de estar pululando por algún lugar del District of Columbia.

*25 de octubre 2009

2 comentarios:

humbertoadriano dijo...

Me gustó la crónica. Lo malo es que ni con los favoratiempos nos trajiste un regalito, jejj.

Algarden dijo...

Marcos quiero leer tu blog, pero a esta edad necesito letras mas grandotas :)